Ocho en Palestina (viaje SODePAZ. julio 2010)

DÉCIMA JORNADA (14 julio 2010)

Amanecemos en Nablús. Hemos pasado dos noches junto al campo de refugiados de New Askar, a las afueras de la ciudad, y debemos cambiar de ciudad. Hoy será un día agitado: hay que hacer equipaje (ya ni sabemos cómo nos caben las cosas: hay ya quien tiene que sentarse encima para apretarlo todo ) y sobre todo hay que recorrer mucho camino y ver cosas muy interesantes. Y lo que aún no sabíamos es que el día iba a traernos alguna experiencia desagradable. Vamos por partes.

Iniciamos recorrido saliendo de Nablús hacia Jenín. Allí nos dirigimos hacia el Centro Hakoura, donde nos recibe Mohammad Atari, un palestino residente en los alrededores de Burdeos, que es el alma pater del centro, dirigido por un grupo de siete voluntarios.  De nuevo es la ayuda internacional (en este caso francesa) la que está impulsando proyectos de autogestión y desarrollo local. El Centro Hakoura es de reciente construcción (2008), y acoge muchas iniciativas diferentes (cursos de idiomas, bailes, aula de informática, biblioteca...). Hace por tanto las veces de un centro social y cultural, orientado sobre todo a los chavales. Nada más vernos llegar, se agolpan a la entrada y nos bombardean a preguntas en francés y en inglés. Al saber que somos españoles, se interesan sobre todo por el fútbol y por los jugadores de la selección. Ni aquí nos libramos de eso.



La ayuda francesa terminará, sin embargo, en 2011. En este momento están buscando fuentes de financiación alternativas, que les permitan autogestionar todas las actividades. Nos damos cuenta, una vez más, que entre todos los países estamos subvencionando las tropelías de Israel, y contribuyendo a mantener esta situación. Es un debate que he permanecido presente en todo el viaje, y al que regresamos de vez en cuando.

Nos explican la historia de Jenín, pero como lo que más nos interesa es el problema de la ocupación y de los refugiados, enseguida nuestras preguntas reorientan la conversación. Tras un buen rato -y otro café- salimos en dirección a la ciudad guiados por Mohammad Atari. Jenín nos sorprende como una ciudad dinámica, con un casco histórico bien conservado -llamarlo medina es atrevido, pero sí se aprecian más las trazas del urbanismo musulmán que en Nablús- y sobre todo se ven las huellas nítidas de todos los periodos históricos por los que esta ciudad ha atravesado. Por ejemplo, el arco rebajado del fondo, de influencia otomana, y la combinación de tejados planos (árabes) con otros abovedados (de nuevo otomanos).



Jenín se encuentra en el recorrido meridiano que enlaza el mundo otomano con el egipcio y el saudí. El ferrocarril del Hejaz (o Hiyaz), que unía La Meca (aunque en el mapa de wikipedia no salga) con Damasco, tenía en Palestina una derivación hacia el oeste, para buscar la costa de Acre y Haifa, que son los (únicos) puertos de la región. Pues bien, los árabes atacaron frecuentemente esta línea, para desarticular los suministros de los otomanos, especialmente durante la revuelta árabe de 1916-18, en la que participan junto a Lawrence de Arabia.



Esta historia, escrita en Los siete pilares de la sabiduría y llevada al cine, es más o menos conocida, pero lo que nos sorprendió en Jenín fue ver dónde habían acabado los raíles del ferrocarril que los otomanos tuvieron que reconstruir una y otra vez, saboteados por los árabes a los que Lawrence les había prometido un reino soberano e independiente si vencían a los turcos. Fue la primera traición. Más tarde serían los propios británicos los que sufrirían los ataques en sus líneas férreas, ya entre 1936-39, durante la Revuelta Árabe. Quién sabe, lo mismo Lawrence de Arabia se tomó un té junto a estas vías, hace casi cien años, que ahora soportan las cubiertas y los balcones del centro histórico de Jenín.



En Jenín el centro histórico está bien conservado en algunos lugares: al menos, donde los combates respetaron las edificaciones, se puede admirar aún el empleo de esa tosca almohadillada (lo que en algunas zonas catalanoparlantes llaman el marès), tan caracterísitica del Mediterráneo occidental, y que aquí también está presente.



Sin embargo, son también evidentes las huellas de la violencia. En el centro de Jenin se alza un pequeño monumento conmemorativo, que recuerda los trágicos sucesos de la primavera de 2002, de los que luego hablaré.



Pero han pasado ocho años, y Jenín ha cambiado mucho. Hoy es una ciudad animada, vital, por la que resulta agradable pasear... sobre todo un día de mercado como éste. No obstante, sabemos que hay restricciones a determinados cultivos, muy rentables, que los agricultores árabes no pueden plantar ya que quedan bajo el control exclusivo de compañías israelíes. De nuevo el aparente colorido de la imagen se nos vuelve gris.



Visitamos el antiguo cine de Jenin. Lo están rehabilitando porque tienen la intención de inaugurarlo dentro de tres semanas. Incluso acogerán un festival de cine. Trabajan numerosos cooperantes extranjeros. Por enésima vez asistimos a la reconstrucción de un territorio aplastado, gracias a la ayuda internacional. Israel lo tiene todo a su favor. Hasta banqueros como nuestros países, que tapan sus injusticias y reconstruyen lo que arruina.

Detrás del cine han habilitado un espacio como cine de verano (foto de abajo). La idea nos resulta romántica... hasta que se nos explica que, de este modo, las mujeres podrán asistir también a las proyecciones, ya que les está vetado el acceso al interior, al cine cerrado. De nuevo algo se mueve en nuestras tripas. ¡Hay tanto por hacer aún!. ¡Tantas luchas por librar! Me acuerdo de los versos finales del Ara mateix, de Martí i Pol, cuando se decía que "tot està per fer... i tot és possible" (todo está por hacer, y todo es posible). Pero cuesta ser optimista.



De nuevo otra huella histórica. En los últimos años de la Primera Guerra Mundial, varios pilotos alemanes combatieron en esta zona. El agónico Imperio Otomano se alió con Alemania y Austria-Hungría en un intento por mantener su presencia balcánica y por ampliar sus fronteras asiáticas. No le sirvió de nada, aunque permitió que se estableciera una amistad turco-germana que explica buena parte de la historia europea del siglo XX. En memoria de los pilotos alemanes que perdieron la vida contra ingleses y franceses entre 1917 y 1918, se alza este monumento en Jenín.



Visitamos el Freedom Theatre, construido en 2006 en Jenín, y que en la actualidad constituye una de las apuestas culturales más firmes y decididas de toda Palestina. No sólo hacen obras de teatro, sin o que se dedican a tareas de formación en artes dramáticas, fotografía, desarrollos multimedia, imagen y sonido... Visitamos las instalaciones y coincidimos con numerosos internacionales en cada sala: estadounidenses, suecos... El mundo entero está lleno de gente comprometida. Lo malo es que no llegan a los puestos de decisión.

De vuelta al Centro Hakoura, comemos frugalmente en la biblioteca, y algunos chavales nos obsequian con otra danza típica.



Por la tarde la visita más interesante es la del campo de refugiados de Jenin. La ciudad tiene, según los datos que nos dan, 39.000 habitantes (250.000 el distrito). De ellos, 12.000 son refugiados en el campo de Jenín. No está mal: un tercio de la población de la ciudad vive en el campo. Aparte de éste, hay otro en la carretera que va de Jenín a Nablús, por tanto al sur de la ciudad.

Los habitantes del campo disponen de una identificación como refugiados, pero eso no significa que les esté prohibido salir del campo. De hecho, nos cuentan que, conforme ha pasado el tiempo, algunos han conseguido ahorrar algo (si es que su comercio o negocio se lo ha permitido) y van comprando viviendas algo más grandes y con mejores condiciones fuera de allí, aunque no lejos. Tampoco el campo está diferenciado de la ciudad. No hay una verja, una valla o una puerta que atravesar. Hemos salido caminando del freedom theatre y apenas hemos recorrido unas manzanas cuando llegamos al campo, completamente fagocitado por la trama urbana. Lo primero que nos llama la atención es la anchura de la calle por la que entramos:



Hay una explicación, y no es agradable. Los sucesos de marzo-abril 2002 (en la operación que las fuerzas israelíes llamaron Muro Defensivo) causaron la muerte de casi 500 palestinos en total (56 de ellos en Jenín, la mitad civiles) y 23 soldados israelíes. Nos relatan que se desalojó a parte de la población civil, pero no a toda (los informes internacionales acreditan esta versión) y que el combate se produjo entre el ejército israelí y diversos grupos armados palestinos. Estos últimos colocaron minas en las calles del campo. Cuando el ejército israelí sufrió sus primeras bajas, tomaron la determinación de no entrar por las calles, sino por las casas, algunas de ellas ocupadas. Es conocido, pero no único, el caso de un discapacitado mental, Yamal Fayid, de 37 años. Sus hermanos avisaron al ejército de que se encontraba todavía en su interior, pero la excavadora no se detuvo.

De esto modo, los tanques y bulldozers del ejército abrieron un camino nuevo, a través de las viviendas, de manera que hoy hay calles anormalmente ampliadas, como la de la imagen de arriba. La de abajo refleja la angostura original del callejero del campo de refugiados. Así eran todas antes.




Los sucesos de 2002 recibieron la condena internacional, especialmente por la desproporción en el uso de la fuerza que hizo el ejército israelí, que se extendió a civiles (la mitad de los muertos en el campo de refugiados lo eran). El informe de las Naciones Unidas así lo hace constar. Y sobre todo, los sucesos de Jenín (que se extendieron a Nablús y a otras ciudades) tuvieron dos consecuencias:

- Una, previsible, fue la confirmación de los campos de refugiados como caldo de cultivo ideal para la lucha armada contra Israel. Desde 1948, hay millones (sí, millones) de personas que han nacido, crecido y muerto en un campo de refugiados de palestinos. Los chavales veinteañeros de hoy han visto que sus padres nacieron en el campo, y que sus abuelos ya vivieron en él. No hay casi posibilidades de salir, y desde luego casi ninguna de irse lejos. No hay casi empleo, y el que hay es por lo general de baja cualificación. La situación de los refugiados es hoy un problema social, demográfico y sobre todo político. Se han convertido en los desclasados del pueblo más desclasado. Jenín entero recuerda a sus mártires. Y no son pocos:






- La otra consecuencia, inesperada, injusta y brutal, fue la decisión de la Knesset -parlamento israelí-  de construir el Muro de Cisjordania el 23 de junio de 2002, justo después de haber comprobado que entrar a sangre y fuego en un campo de refugiados no solucionaba el problema de los ataques suicidas. Se levanta así lo que ellos llaman valla de seguridad, o cerca antiterrorista según la denominación oficial de Israel, y muro de la ignominia y la vergüenza para cualquier persona que tenga sentido común. Porque no estaría mal que, aunque sólo fuera por un momento, los israelíes se detuvieran a pensar que todo este territorio lo invadieron ellos por la fuerza en 1967. Y que son más de cuarenta años de ocupación, que llegan a más de sesenta en las zonas invadidas en 1948. Y encima, como en este tiempo los locales no han sido todo lo hospitalarios que los israelíes deseaban, les levantan un muro para cercarlos.

Los efectos de los combates son manifiestos en Jenín aun hoy. Cuesta encontrar una fachada sin balazos.



Estas casas de color arena (ellos nos las presentan como yellow houses) son las que fueron reconstruidas tras la entrada del ejército con los bulldozers. A la hora de rehacer el campo de refugiados, se decidió que todas las casas fueran del mismo color, para que se recordara el área que había quedado devastada. Es difícil, pero muy difícil, encontrar una fachada de un color distinto. Todas son yellow houses.



Este mapa es muy expresivo: en color naranja, las casas completamente destruidas. Las que además tienen una X, fueron arrasadas por bulldozers. En azul, las que recibieron daños graves, pero no fueron destruidas y por tanto era rehabilitables. En verde, las que recibieron daños menores.



Es recomendable leer el artículo Yenin, ya olvidado de Jonathan Cook, publicado en The Guardian el 3 de junio de 2002. El periodista, que recorrió la ciudad después del ataque, acusa al ejército israelí por su acción desproporcionada, al gobierno de Israel por no permitir observadores internacionales y a la comunidad internacional por su frágil memoria y actitud complaciente. Las frases finales son muy reveladoras: "Invertir en la reconstrucción de las ciudades palestinas se considera una pérdida de tiempo. ¿Para qué ayudar a construir un Estado palestino cuando el ejército israelí está esperando a destruirlo?"

La presencia del muro es patente tambien aquí. En esta expresión de arte callejero, el muro queda roto por las flores, los árboles y por el pueblo árabe (se ve la cúpula de la Roca, que los simboliza), que emerge blandiendo la llave de las casas de las que fueron expulsados. Es la llave de los refugiados. La esperanza del retorno.



Y siempre, en los portales, los niños. Aquí en el campo de refugiados de Jenín, ajenos a toda esta historia reciente de sangre y destrucción, sonríen como cualquier otro niño del mundo, nos piden fotos porque les gusta verse en las pantallas de las cámaras y posan mucho mejor que nosotros, porque son ingenuos. Ojalá nunca dejáramos de serlo, porque ellos son la esperanza.



Y son la ternura




Regresamos a la furgoneta. Hay que hacer una última visita -que será de tipo religioso- y, de camino, nos encontramos con esto:



El artista alemán Thomas Kilpper diseñó en 2003 esta escultura ecuestre, con las chapas de los vehículos que habían sido destruidos durante los combates del año anterior. Es una muestra de cómo hasta de lo más terrible puede conseguirse algo positivo. Nos quedamos con eso. Seamos optimistas.



La última visita del día tuvo un fuerte contenido religioso, aunque no exento de polémica. Se trata de una iglesia (de nuevo ortodoxa) edificada en el lugar donde, según la tradición cristiana, Jesús sanó a los leprosos.



Tras  la entrada, se accede a un reducido patio, que de acceso al templo, recogido y sencillo.




Dentro, la nave principal (bueno, de hecho es de nave única) estaba en obras. Aquí la vista hacia el ábside.



Pero en un lateral, se abren dos oquedades, asimétricas. Una, la mayor, tiene en el techo un agujero. Aquí, encerrados, se cuenta que se encontraban los leprosos, a los que se suministraba alimento y agua desde arriba, por el agujero del techo que se adivina a la derecha.



La otra oquedad, menor, es donde se supone que durmió Jesús, junto a la anterior. Hoy la ocupa un pequeño altar y un sagrario. Ocurre que en este espacio no permitieron entrar a las chicas del grupo. A pesar de no ser un lugar sagrado musulmán o judío, sino cristiano ortodoxo, mantienen la prohibición de entrar a mujeres adultas en este reducido espacio de la foto de abajo. Consideran que si no son vírgenes no son puras, y como no se van a poner a comprobar este hecho, se les impide sistemáticamente entrar a ellas, pero no así a los hombres. De nuevo otro muro que derribar. Y es que los muros de piedra son malos, pero los muros mentales son peores, porque duran más. Algunos, como los que imponen las religiones, llevan ya durando miles de años.



Y nos faltaba el otro, el muro tangible de Israel, que lleva menos tiempo, pero cuesta superar. Y aún no sabíamos cuánto. Eran ya las seis de la tarde y debíamos llegar pronto al control. En esta ocasión, y por primera vez en nuestro viaje, abandonábamos Cisjordania para entrar en territorio israelí, es decir, aunque todo es Palestina, dejábamos atrás los territorios ocupados (temporalmente, porque regresaremos a ellos en los Altos del Golán, mañana) para ingresar en zona reconocida internacionalmente como israelí.

Salíamos de Jenín en dirección a Nazareth, y por tanto hay que pasar un control. Pero como digo éste es diferente. No se trata de pasar, como habíamos hecho hasta ahora, de una zona A a una zona C, en Cisjordania. Al fin y al cabo allí, en los territorios ocupados, los controles son molestos, pero habituales. Éste tiene un cierto carácter de excepcionalidad, porque actúa como frontera de facto. Para empezar, todo tiene el aspecto de un peaje de autopista:




Pero aquí, en vez de pagar con la tarjeta de crédito, hay que abrir la puerta.

- Passports, please!




Esto tiene mala pinta. De inmediato percibimos que aquí la cosa es seria, no es la rutina habitual. Entramos a Israel y eso significa que una vez dentro, podríamos movernos con total libertad por el país. Y aquí la libertad es algo que se tiene que ganar. Algunos llevan 62 años buscándola y todo.

Hago fotos al coche que tenemos al lado. Mmmm.. ¿en los peajes te apuntan con un fusil de asalto? ¿Y desde cuando un tipo así lleva una gorra del Coronel Tapiocca? No me pasan desapercibidos los dos cargadores que lleva a la izquierda, en la cintura, aparte del que lleva en el arma. Claro, será por si viene un autobús, para tener balas para todos.




Parece que el del primer puesto nos ha colocado un punto verde en el parabrisas. Punto verde significa registro exhaustivo. No sé lo que será el rojo. Mejor no pregunto. Ale, todos abajo.

Todos... y todo. Hay que vaciar la furgoneta. Llevamos equipaje de nueve personas (somos ocho viajeras/os y el conductor), así que todo eso abajo. Mientras, miro al coche de al lado. Ahora es otro. Éste nos lleva unos minutos de ventaja. Así estaría nuestra furgoneta poco después.



Al bajar, veo un cartel -que no sale en estas imágenes- que prohíbe sacar fotos. Vaya, con lo que me gustan a mí los carteles. Así que lo que queda tendrá que ser narrado. Nos hacen bajar a todos y como al principio no nos habíamos enterado de lo del equipaje (hasta ahora no había hecho falta), una chica de seguridad -en inglés- me dice que lo bajemos todo. Me giro y le grito a Nacho, que viene detrás: "¡Oye, que hay que bajar el equipaje!"... y la de seguridad dice, también en castellano "sí, hay que bajar el equipaje". Creo que se le escapó. No volvió a hacerlo, ni siquiera cuando me preguntó si alguno era de (y del) Barcelona (hay que ver qué pesaos con el fútbol) y nos dio las siguientes órdenes.

No me sorprende; ya sabíamos que entre los de seguridad (aeropuertos, puntos de control...) muchos de ellos saben castellano, pero lo peor es que juegan a no saberlo. Es como un juego infantil, pero con armas. Están cerca de tí a ver qué hablas con los compañeros, se dirigen a tí siempre en inglés, hablan entre ellos en hebreo... y escuchan disimuladamente a ver qué comentarios haces. Forma parte de la estrategia paranoide de la seguridad. Todos somos peligrosos y amenazamos su seguridad, su existencia misma como estado, incluso aunque nuestra arma más mortífera sea el multiusos de Álvaro (imprescindible para abrir las Taybeh) y ellos nos reciban apuntándonos con un fusil. Eso sí, las amenazas a la seguridad de los palestinos no entran en la misma balanza, claro.

Bajamos todo el equipaje. Hay que ir a control de equipajes. Como en un aeropuerto, los hacemos pasar por una cinta y un escáner. Bien, ya está. Salimos y encontramos la furgoneta abierta, hasta el motor. Un pastor alemán (el canino, no de los otros) husmea en busca de explosivos, sustancias peligrosas... vaya usted a saber. Nos tienen un rato esperando. Y no nos han devuelto los pasaportes aún.

Entonces se acerca una chica con varios pasaportes: trae el de Nacho, el de Sheila, el de Álvaro y el mío, según recuerdo. Faltan otros cuatro. Y el de Shadi, el guía. Mala cosa. Antes de que nos dé tiempo a establecer ninguna coartada, llaman a Mikel. Adentro, a interrogatorio.

Lo tienen un rato, que se nos hace eterno. Mientras, acordamos la versión, que  es (bastante) fiel a la realidad, pero omite los lugares más comprometidos en los que hemos estado: venimos de Jenín, de ver el lugrar donde Jesús hizo el milagro de la curación de los leprosos, y vamos a Nazareth, también lugar sagrado.

Mikel regresa. Le han hecho preguntas y cacheado, pero está tranquilo. Bueno, él es un hombre tranquilo y eso ahora es más virtud que nunca. Casi al mismo tiempo, llaman a Javi, a Enrique, a María José. Todos adentro.

Por separado, son interrogados y lo que es peor y humillante, cacheados escrupulosamente, pero de manera indigna. Incluso parecían aprovechar para enseñar a uno -que debía estar en prácticas-, acerca de cómo hurgar en todos los rincones del cuerpo. Se ve que con tanta tecnología no tienen para un maniquí. A ver si la AECI se pone al tema.

Al fin, salimos. Son casi las siete de la tarde y el checkpoint cierra. Como si fuera un mercadona cualquiera, los de seguridad echan el cierre a la valla metálica, alguno sale ya con ropa de civil, se suben a sus coches y se van de allí. Su jornada laboral ha terminado.

Se quedan con nosotros uno o dos, para darnos los pasaportes que nos faltaban y pedirnos disculpas por el retraso ocasionado. Son todo amabilidad, pero que no esperen caer simpáticos, que con un arma apuntándome no me gustan los amigos.

Todo el equipaje arriba de la furgo otra vez, y ya dentro, los que han sido interrogados y cacheados cuentan a los demás su experiencia. Dejamos el territorio cisjordano, invadido en 1967 y entramos en el que invadieron en 1948. Entramos en Israel.

Dormiremos en Nazareth. Serán las dos últimas noches del viaje. Mientras hacemos los últimos kilómetros, la carretera ha mejorado ostensiblemente. Y los carteles en hebreo aumentan. La entrada en Nazareth nos llama la atención por un detalle casi ridículo: por primera vez (con la única excepción de Jesusalén Oeste), vemos un parque. Césped, unos columpios, algunos árboles y bancos para descansar. Nada extraordinario en España, pero insólito aquí hasta ahora. La manera de vestir es también diferente. Al fondo, un centro comercial está coronado por una M amarilla inconfundible: McDonald's, junto a otras franquicias similares, nos resulta tan exótico después de lo que llevamos pateado, que Enrique no puede aguantar más y pide "volvamos a Jenín". Y aunque no podía ser, ganas no nos faltaban. El día había acabado. Itaca estaba cada vez más cerca.


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